OJOS DE FUEGO

Como cada sábado por la mañana, salí de mi departamento a pasear a Poke, mi perrita. Siempre terminaba como el escape de mi Mustang 1965, bañada en polvo y oliendo a rayos. Aún no entiendo cómo, pero  se soltó de la correa y salí corriendo tras ella hacia el puerto.

En ese momento fue cuando la vi por primera vez.

Estaba en la playa caminando descalza, con su cabello oscuro reflejando el sol, cuando Poke se le acercó emocionada, dándole vueltas alrededor de ella. Cuando por fin pude llegar, le di las gracias y asombrado por su belleza, me despedí. Olvidé preguntarle su nombre.

Un día terminando la jornada y con un poco de hastío, no quise pasar al departamento y me seguí varias cuadras hacia el puerto. Entré a este pequeño bar llamado “Arena y Sal”, en su interior se podían contar las mesas con las manos. Sin embargo, algo tenía ese lugar que me hizo quedarme a beber un trago. Me acerqué a la barra y la vi. Tan sonriente como aquella vez y un resplandor en sus ojos me poseyó por completo. Le pedí un caballito de tequila y me reconoció. Me sonrió. Mientras me tomaba mi  bebida, ella atendía a los clientes de una manera tan delicada, tan ordenada, se movía de un lado a otro suavemente, como si estuviera realizando un baile espiritual. Lo que me causaba impresión por el tipo de trabajo.

Pasó el tiempo y sólo pensaba en ir a visitarla y contarle de mi día. De mi aburrida vida, de mi separación. De las locuras que tenía que pasar con Poke y sus vecinos pretendientes… le contaba todo, se me hizo costumbre. Ahora que lo pienso, me sorprende que no me vetaran de la cantina.

 

Una tarde mientras esperaba sentado en la barra a que ella atendiera a un par de señores, me le quedé viendo a mi caballito con agua, un poco perdido. Sí, ella me había convencido que dejara de beber. Cuando escuché entre risas que uno de esos señores le dijo “preciosa”. Apenas pude contenerme. Nunca había sentido lo que en ese momento, mi corazón palpitó veloz y mis puños me dolían de tanto apretarlos. Pero con cada segundo que pasaba lo iba aceptando, ella no le pertenecía a nadie. Y nunca sería así. No tenía razón para sentir celos. Ni siquiera éramos nada. Además, ella trabajaba ahí para todos los clientes del lugar, en su mayoría hombres que claramente se percatarían de su belleza. Uno tendría que estar ciego para no darse cuenta.

 

Finalmente me decidí a invitarla a salir y accedió, tarea difícil ya que siempre salía de trabajar con una amiga suya.

Caminamos de noche por el puerto, a unas cuantas cuadras de su departamento, era una de esas noches mágicas en las que todo se acomodaba para ser perfecto, cuando le dije lo que sentía por ella. Sus ojos ámbar se llenaron de lágrimas y me miró fijamente. “Soy invidente” me susurró con voz quebrada. Yo no lo creía, todo el tiempo me había dirigido la mirada como si…

No supe qué decir. La abracé fuerte. No sabía cómo tratarla, me sentía como un idiota. Fuimos a donde ella vivía y se despidió con un tierno beso en mis labios. Supo exactamente donde estaban. Y cerró la puerta.

 

Días después, cuando quise visitarla de nuevo, ya no estaba. Tampoco en la cantina.

 

Nunca la volví a ver.

 

SOMBRAS

Me levanté como siempre 5 minutos antes de que sonara el despertador. Justo a las 5:55 AM.

Después de ir al baño y lavarme los dientes, me puse el traje que había dejado Beatriz colgado en la manija de la puerta del cuarto. Justo acababa de llegar de la tintorería el día anterior. Olía a esa fragancia nueva que tienen en el mercado… ¿rosas? No, era lavanda. Malditos bastardos, aún no sé cómo consiguen asemejar esos olores. Creo que la lavanda lleva extinta ya casi una década. De cualquier forma, nadie podría saber la diferencia.

En fin, le preparé el desayuno a Beatriz, se lo dejé tapado con otro plato en la mesa de la cocina. Se pone como histérica cuando le toca comérselo frío. Ya sabe cómo son las mujeres.

¿Qué? Supongo que no está casado. Como quiera. El punto es que me fui temprano de la casa ese día. No tenía ganas de hablar con ella. Además Sofía se pone a llorar cada vez que me despido de ella, así que esa vez ni me le acerqué.

Me subí al auto y me dirigí a Corporaciones Wallace, donde trabajo como contador… Sí, exacto. Es así de emocionante. Pero el otro día vi en la web que existen personas en la ciudad a las que de verdad les gustan los números. Incluso han ganado premios. Yo tampoco lo creí cuando lo vi, pero me puse a investigar a fondo la nota y es verídica. Qué locura. Yo lo único que sé es que cuando llega el día de pago mi bolsillo se pone feliz. Imagínese, 20 años estudiando, dos maestrías. Claro que me merezco algún billete ¿no? Lástima que la loca de mi esposa se lo gasta todo. ¿Disculpe? Sí, lo siento.

Fue un día como cualquier otro en el trabajo, pegado a la computadora y pudriéndome en esa estúpida silla de mierda. Tanto asqueroso dinero que se genera esa empresa para que ni siquiera puedan comprar sillas decentes. Al terminar el día unos compañeros del trabajo me invitaron a celebrar, ya que a uno de ellos lo habían ascendido. A un tal Johnny Tolstoi. La verdad no lo conocía muy bien. Sólo lo saludaba por cortesía. Decidieron ir a un antro nudista. Yo sólo fui porque no tenía otra cosa qué hacer. Fuimos en dos carros, en el de un compañero y el mío. No recuerdo su nombre. Cuando llegamos, le dimos las llaves al chico del valet y cual adolescentes entramos echando bulla y riendo como si ya estuviéramos tomados. La verdad hacía tiempo no me sentía así. Verá, no soy una persona de muchos amigos. Sólo me llevé bien con mi padre y ahora en mayo cumple cinco años de fallecido. Nunca entendí mucho las fiestas. No les veía caso. Es decir, ¿Qué carajos puede uno celebrar en esta vida? No sé. No lo entiendo.

El lugar estaba casi vacío y ni siquiera era tan tarde. Nos sentamos en un sofá rojo frente a una especie de escenario de vidrio con un tubo en medio. Sólo podía preguntarme qué tan sucio estaba ese tubo, qué tanta gente habría tocado esa cosa. Cuando llegaron las bebidas, empezó a sonar una música nefasta, una canción estruendosa de ritmo primitivo. Pero dejó de importarme. Porque inmediatamente mis ojos se enfocaron en unas piernas adornadas con medias de encaje que subían al escenario con un ritmo propio. Una joven mujer de cabello largo castaño se adueñó de la atención de todo el lugar. Y yo, por primera vez en muchos años me sentí nervioso. Sabía que no debía estar en aquel lugar. Que le había dicho a mi esposa que había tenido que ir a una junta de trabajo. Aun así, no quise levantarme de ese sofá. Mis compañeros se volvieron como chimpancés al verla bailar y quitarse la poca ropa que traía hasta quedar solamente en tacones. Le tiraban billetes a sus pies y ella concentrada en su baile no los volteaba a ver. Sin embargo, por un momento nuestras miradas se cruzaron y se percató de mí. No sabría decir si me sonrió o si se reía de mí. Pero en ese momento supe que quería estar con esa mujer.

Al acabar la canción, ella recogió todos los billetes, mandó un beso al público y bajó las escaleras. Una chica la recibió con su abrigo y se perdió en la parte de atrás del antro. Mis estúpidos compañeros comenzaron a gritar frases como “Yo la quiero para cenar” o “¿Dónde se paga para llevar?”. Los ignoré. Pero sí necesitaba saber dónde estaba ella. Necesitaba hablarle por lo menos. Necesitaba cerciorarme de que ella supiera de mi existencia. Les dije a mis compañeros que iba al baño, para poder buscarla tranquilo. El antro empezaba a llenarse de gente de pasta, directivos, políticos… claro, todos con sus respectivos guardaespaldas. Lo que me hizo sentirme un poco sucio. Le pregunté a una mesera que dónde podía encontrar a aquella mujer. Me preguntó su nombre. Lo cual me dejó como un imbécil. Le intenté explicar que era la primera vez que iba ahí y que no lo sabía. A lo que ella respondió: “Aquí manejamos a muchas mujeres, este antro tiene varios pisos y yo poca propina. Déjeme trabajar en paz.” No había caído en cuenta que era un edificio completo. Eso iba a complicar las cosas. Decidí subir al siguiente piso y no la vi por ningún lado. Seguramente estaba en algún camerino o algo así. Subí al siguiente y tampoco. Eso sí, curiosamente estaba a tope de gente. Un poco decepcionado, baje al primer piso donde estaban mis compañeros de trabajo y los vi saliendo del antro con varias chicas y a Johnny que estaba abrazándola. Rápidamente fui con ellos y les seguí el juego. Hicieron un par de chistes sobre mi trasero atorado en el escusado o algo así y me invitaron a seguir la fiesta a casa de Johnny. Normalmente hubiera dicho que no, pero si ella iba a estar ahí, yo tenía que ir. La decisión más estúpida de mi vida.

Llegamos a casa de Johnny. Parecía una maldita mansión, sus paredes estaban adornadas con finas molduras y del techo colgaban unas luces bastante excéntricas. Ahora entiendo por qué se llevaba tan bien con el jefe. Nos instalamos todos en la sala y las chicas inmediatamente se aventaron contra la cantina. Mientras Johnny buscaba algo de Sinatra entre sus discos de acetato, me acerqué a ella y le pregunté su nombre. “Marie” dijo con un tono de voz muy particular. Carajo, qué bella sonrisa tenía. Hablamos un buen rato y ella parecía encontrar mi corbata muy divertida, se burlaba de la mala combinación que hacía con todo mi traje. Le conté sobre mi vida. No sé por qué le conté sobre mi hija y mi esposa, pero me sentía algo atontado ¿sabe? Como… en confianza… Creo que nunca me había sentido así. ¿Qué? Ah, claro… quiero a mi esposa, por supuesto. Pero, no sé, supongo que mi vida pasó muy rápido. Hice todo lo que mis padres querían que hiciera, hice todo lo que se supone que un hombre de bien debe hacer… Como sea, esa vez la pasé muy bien con Marie. 

De pronto ella me sacó a bailar al centro de la sala. A los demás les encantó la idea y nos siguieron al minuto. Nunca antes había bailado swing. Y lo admito, fue divertido. Pero en una de esas vueltas, Johnny se atravesó y tomó sus manos para bailar con ella. “Oye Ed, déjame disfrutar mi regalo” me dijo. Enfurecí. Pero sabía que debía mantener compostura. Me senté en uno de sus sillones y tuve que tragarme su baile. Imbécil. Tenía a muchas otras ahí, pero tuvo que escogerla a ella.

Empecé a hablar con otra de las chicas, para distraerme un poco. Para mi sorpresa, ella me preguntó que con cuál de ellas me iba a acostar, ya que casi todas estaban apartadas. Entonces, me di cuenta de lo obvio muy tarde. Volteé a ver a Johnny y estaba acosándola, tocándola, dándole besos en su cuello. Y aunque Marie se daba la vuelta para evitarlo, él se repegaba. No sé en qué momento sucedió, pero me levanté y me planté frente a Johnny para darle un puñetazo tan fuerte que lo tiró al suelo. Creo que le rompí la nariz. Todos se quedaron pasmados alrededor sin saber qué hacer, el maldito se levantó y empezó a gritar como loco mientras se dirigía a uno de los muebles de la sala. Abrió un cajón y sacó una pistola. Me apuntó con ella y gritó que nos largáramos de su casa.

Salí rápidamente y desconcertado, no podía creer lo que acababa de ocurrir. Me senté en el cofre de mi auto, hurgué en el bolsillo interno de mi saco y pude encontrar una cajetilla de cigarros.

“¿Fumas solo?” me preguntó Marie, que venía saliendo de la casa. Le di el cigarrillo que acababa de encender. Me dijo que estaba molesta, porque Johnny se había puesto muy agresivo. Y me agradeció la intervención. “Normalmente no acepto tratos con ricachones, pero me parecieron buenos tipos.” Todo pasó muy rápido, de repente estábamos en el asiento trasero del auto besándonos hasta que ella dijo que la acompañara a su departamento.

Vaya. Eso no lo esperaba. No sabía qué decirle, dudé por un momento si de verdad había alguna posibilidad de que yo le gustara o si simplemente necesitaba a alguien que la llevara. Terminé por aceptar y fuimos a su departamento. Pequeño, viejo y con un fuerte olor a tabaco que parecía provenir de la alfombra. Detalles que pasaron a segundo plano para cuando me llevó a la cama e hicimos el amor. Una noche exquisita. Ni si quiera abrimos el vino que compramos de camino.

El problema fue que tenía que regresar a mi casa. Eran las malditas 5 de la mañana cuando le puse seguro a la puerta de la entrada y subí al cuarto donde Beatriz debía estar ya en el quinto sueño. Fueron los pasos más lentos que he dado en mi vida. No sé si no quería despertarla, o no quería regresar a mi vida aburrida de siempre. Me acosté con sumo cuidado y dormí.

Algo vibraba en el buró de mi lado de la cama. Era mi celular. Entre dormido y atontado lo tomé rápidamente para que no se despertara Beatriz y contesté. Era ella. Carajo, sí que era decidida, no le importaba el hecho de crear una guerra nuclear en mi habitación. Con un tono dulce pero atrevido me dijo que debíamos vernos en el parque de la avenida Fontainebleu a las cuatro de la tarde, me sonó un beso y justo antes de que yo pudiera decir algo, me colgó.

Cuando me incorporé, oí un gemido tras de mí. Sabía que algo estaba por ocurrir.

“Edmundo, ¿dónde estuviste anoche?” me preguntó Beatriz mucho más despierta que yo. Le tuve que responder que había salido con unos amigos de la oficina y que perdí la noción del tiempo. Se enojó mucho conmigo y discutimos. Me dijo que estuvo preocupada y tuvo que cenar sola con Sofía. Y que ese día ella tenía que salir a hacer unos pendientes por lo que no podía cuidar de la niña. Así que sí o sí me tocaba a mí. Nada qué discutir. De cualquier manera, ese día ya le había dicho a mi nena que le iba a comprar unos zapatos, los que tenía ya estaban algo desgastados y sus piecitos le quedaban aplastados ahí dentro. Así que mejor para mí, tiempo con mi hija es tiempo bien invertido.

Llevé a Beatriz a sus “pendientes” en un spa donde la esperaban sus amigas y de ahí, Sofía y yo pasamos a la zapatería. La niña escogió unas botas azul marino que no le combinaban con nada. Sonreía cada vez que miraba abajo. Y después de comer algo fuimos al parque.

 

Dieron las cuatro y Marie no llegaba. Creí que se había perdido. No es que sea paranoico ni nada, sólo que si me dicen una hora, a esa hora llego. Como sea, me senté en una de las bancas del parque y mientras esperaba decidí fumarme un cigarrillo… No me mire así, la niña estaba jugando a una distancia considerable. Además, el aire ya estaba jodido desde antes de encender ese tabaco, no es mi culpa que todo el mundo se haya ido a la mierda y sólo quedara esta maldita ciudad…

 

Fue entonces cuando la vi a lo lejos, ropa holgada, lentes oscuros y una sonrisa envidiable, se veía como cualquiera con una vida normal. Aunque, ¿qué es normal?, ¿verdad? Toda la gente tiene un poco de locura y sin sentido en sus entrañas.

“Por fin llegaste, Ed.” me dijo Marie. Tiré la colilla del cigarrillo y me levanté para saludarla y súbitamente se abalanzó contra mí con un beso. Un beso tan real que duró una vida y que aun así no fue lo suficiente.

Le presenté a mi hija y se gustaron mucho las dos. Tanto que Sofía se dejó cargar de ella y nunca se deja cargar de nadie. Los tres paseamos, jugamos e improvisamos un pequeño picnic con la comida que sobró del restaurante. Fue… lindo. Ciertamente.

 

Todo iba bien. Nos veíamos básicamente diario al menos un rato. Siempre teníamos tiempo para nosotros. Era amor, ambos lo sabíamos. Era perfecto. Hasta que Sofi exclamó “quiero a Marie” durante una cena con los padres de mi esposa. Eso no lo esperaba. Me dejó sin aliento. Y Beatriz comenzó a sospechar.

 

Una tarde un compañero del trabajo llamado Iván, me invitó a tomar un café cerca del edificio de nuestras oficinas. Sinceramente me sorprendió mucho que me invitara a algo así. Ya que nunca habíamos hablado a excepción de aquella vez que salimos a la fiesta de Johnny. Él estaba nervioso. Y para que yo lo diga, déjeme decirle que ya es bastante preocupante. “Ed, necesito que me jures algo.” Sólo empezó a hablar y de su frente se podía ver como una fila de gotas de sudor le recorría la cara. “Júrame que no le contarás nada a Beatriz sobre aquella noche.” Yo no entendía de qué iba ese tipo. Luego recordé que en algún evento de la empresa su esposa y Beatriz se conocieron, seguramente mantenían amistad. “No quiero ser parte de esa historia. Perdería a mi esposa y seguramente a mis hijos también, ya sabes cómo son las leyes.” Me quedé callado. ¿En qué momento me volví responsable de la fortuna de los demás?, ¿qué mierda me importaba su matrimonio? Lo escuché chillar sobre su capuchino por una hora. Tenía que guardar compostura y ser políticamente correcto. Sin embargo, tanta honestidad de su parte me hizo confesarle que yo estaba enamorado de Marie. No sé por qué carajos le dije eso. A lo que él me advirtió de manera escalofriante que dejara mi estúpida calentura o yo iba a tener serios problemas. El asunto se tornaba más hostil en cada momento. No era mi intención joderle la vida a alguien con ello, pero mi amor por ella era palpable. Y sabía que en algún momento iba a dejar de esconderlo. Me considero una persona honesta ¿sabe?

Le dije a Iván que se fuera por el escusado y me dejara en paz, que no tendría problemas porque no le iba a contar a Beatriz toda la historia de aquella noche, sólo lo importante: que me había enamorado de otra mujer y que nuestro matrimonio iba a terminar. Pero creo que el tipo no lo tomó muy bien. Su sudor ya estaba formando un charco en la mesa y un ojo se le escapaba de la cuenca.

Pero en eso pagué la cuenta y me largué.

¿Quién era él para decirme qué hacer? Su esposa no se enteraría de la estúpida fiesta de Johnny. Y aunque así fuera… ¿qué carajo me importa? Ya es un señor cincuentón que puede hacerse responsable de sus malditos problemas.

 

Días después, mi esposa tuvo un accidente en su auto mientras se dirigía a la casa.

Un anciano me llamó del celular que ella llevaba en el bolso, estaba tan herida que no podía hacerlo por sí misma. Al poco tiempo llegué en una ambulancia. Creo que en los siete años de casados nunca habíamos estado juntos por un periodo tan largo. Estuve con ella noche y día, antes y después de su operación. Se había fracturado un fémur y cuatro costillas. Varias heridas en la cara. Tuve que quedarme con ella en su recuperación. Ya sabe, darle de comer, ayudarla a ir al baño y aguantar varias noches en vela por el dolor que sentía.

De cualquier manera, ella era mi esposa. La madre de mi hija. Claro que sentía algo por ella, la amaba…

No sabía que el morado era su color favorito. El tipo de cosas que uno habla cuando se está en un hospital por más de diez días. La cama de visitas era un asco, no paraba de moverme de un lado a otro intentando fallidamente conciliar el sueño. Me imagino que la de ella no era mejor.

Marie me llamó al teléfono. Varias veces. No le contesté ninguna.

No quería hacer el problema más grande para Beatriz. Además estaba cansado, estar jugando esa doble vida me estaba empezando a irritar, uno debe definir un camino. Por el bienestar mental ¿sabe? Si iba a hablar con ella, debía tener cierta tranquilidad, poner todo en orden.

 

Una mañana llevé a Sofía a ver a su mamá al hospital, la iban a dar de alta esa misma tarde y no quería esperar con sus abuelos. Al entrar a la habitación, esa chiquilla se subió como bala a la cama donde la tenían y la abrazó con inocencia. A mi esposa le dio tanta emoción que inmediatamente le brotaron lágrimas de sus ojos y comenzó a mimarla. Yo estaba a punto de levantarla de su pecho, cuando mi esposa comenzó a susurrarle una canción de cuna. Con la que Sofi se dormía desde recién nacida. Fue algo… fue un momento… importante. Muy lindo.

 

Días después, me llamaron de un local de artesanías antiguas. Hacía tiempo había llevado una navaja en acero damasco a restaurar y ya la tenían lista. Era de mi padre. El viejo era un maldito gruñón pero vaya que lo extraño. Esa navaja de bolsillo era lo único que me quedaba de él.

Cuando la tuve en mi mano, pude recordar a mi padre perfectamente. Con su bigote poblado y sus cejas canas. Gritándole al niño Ed ferozmente por haberla tirado de su estante en su oficina. Supongo que repararla era lo menos que podía hacer.

Para mi sorpresa, entró Johnny al local. Al parecer quería comprar un reloj de péndulo bastante viejo. Se disculpó de la otra noche. Dijo que todo escaló demasiado rápido y que lamentaba arruinar la fiesta. Bastardo. Qué fácil para él decirlo así, él tenía la pistola. “No sé cómo nos permitimos llegar a mi casa con esa escoria de gente. Una cosa es que les tiremos dinero al suelo, que haya quien se las folle en esos cuartos húmedos… pero ¿que hayan estado en mi sala? Demonios qué asco. No puedo creer que el alcohol me haya hecho hacer tal estupidez. Ojalá nunca me encuentre a ninguna de esas zorras en la calle.” Para ese momento mi sangre ya ardía por todo mi cuerpo, estaba seguro que si no salía corriendo de ahí, ese imbécil iba a terminar en el hospital y yo en una celda. Y déjeme decirle que no me importaba mucho mandarlo al hospital. Ni me despedí. Algo me dijo mientras salía por la puerta del local, pero no me importó. Solamente podía pensar en Marie. Mi Marie.

 

La llamé. Estaba sumamente molesta. Dejé que se desquitara conmigo, me lo merecía. Me advirtió que si no la iba a ver ese mismo día, ella misma iría a mi casa y hablaría con Beatriz de lo nuestro. Definitivamente no iba a dejar que eso pasara. Así que nos citamos en el bar más cercano a su casa. Y ahí estaba, hermosa. Esperándome en la barra y frente a ella una copa de vino casi vacía.

Hablamos. Me dijo que si quería algo real con ella, debía decirle todo a Beatriz y dar por terminado el matrimonio. Y dejó claro que debía ser el día siguiente. Aunque era lógico, el sólo hecho de que lo dijera me puso nervioso. Pedí una copa de vino. Tuve que aceptar hacerlo. No sabía cómo pero tenía que resolver las cosas. Me preguntó por qué la había estado evitando, le expliqué lo del accidente y los cuidados. No le gustó mucho, pero comprendió. Pedimos otra ronda de copas y fue entonces cuando empezamos a hablar en serio.

Ella quería huir de la ciudad y vivir en algún pueblo donde no importara el día de pago, sino la cosecha. Le expliqué lo arriesgado que era salir de la ciudad, que las cosas no eran como antes y que tendríamos suerte si encontrábamos tierra fértil o algún pueblo sano afuera. Pero ella estaba decidida, estaba harta. Lo vi en sus ojos. Yo simplemente no podía asimilarlo, pero sabía que si quería quedarme con mi hija, no podía quedarme en la ciudad. Tendríamos que partir al día siguiente. Pero antes, en la mañana, yo sacaría del banco gran parte de mis ahorros en efectivo, no podría ser todo o habría sospecha. Lo metería en la cajuela de mi auto. Iría a casa y le dejaría un sobre a Beatriz, una carta contándole sobre mi relación con Marie y un contrato de divorcio firmado. Le escondería el sobre en la cocina, para que lo encontrara cuando ya fuera capaz de bajar las escaleras. Y entonces me llevaría a Sofi, tomaría algunos juguetes, sus pañales reusables y llenaría una bolsa con su ropita. Si Beatriz se despertaba y preguntaba, simplemente le diría que llevaría a la niña al dentista, hacía meses que me lo estaba reprochando.  Cruzaríamos la ciudad hasta la frontera, los guardias me pedirían mi identificación y como soy empleado de Corporaciones Wallace, no se molestarían en revisarme. Pediría un transporte especial a cierto punto de la carretera y en una hora específica para cambiar de auto. Empujaría mi descapotable por alguna barranca para que complique la investigación y emprenderíamos camino al norte. El plan era dejar todo atrás.

 

Pagué la cuenta y al levantarme del asiento de la barra, noté que me temblaban las piernas. Estaba tenso, me faltaba aire. Nos dirigimos a la salida y le abrí la puerta haciendo un gesto con la mano para que pasara primero. Me sonrió y salió. Ya afuera en la acera, me abrazó cálidamente y me besó. Igual que la primera vez. Lento, prolongado hasta el infinito. Dio un paso hacia atrás con su sonrisa pícara y dijo con voz suave “Mañana”. Se dio la vuelta y se fue.

 

¿Por qué… uno debe amar a sólo una persona a la vez? ¿Desde cuándo la ley manipula hasta lo más recóndito de nuestro ser? ¿Es que siempre debe existir el orden de las cosas? Controlar la vida como si fuera enlatada, etiquetada y vendida al mejor cliente. Tal vez es así para que no haya familias demasiado grandes o relaciones sexuales con menores, sería una locura, una enfermedad… ¿Será por eso? ¿En qué momento la salud se convierte en enfermedad? ¿Quién tiene el poder de decidir si alguien está enfermo? Tal vez la sociedad, tal vez el círculo más cercano a la persona, la persona misma, o la ciencia. Cualquier persona objetiva diría que la ciencia, sin embargo, cuando ésta va en contra de los intereses y principios de la persona, no hay forma de hacer algo. Cada persona es dueña de su propia vida, ¿o no? Hasta que afecta el dichoso bien común… el valor de las cosas es subjetivo, depende de cada persona. Pero aparentemente, hay una regla en el viento escrita con sangre: Una persona vale justamente eso, una persona. Por lo que en teoría, dos personas valen más. Es cuando uno empieza a pensar en frases como “El fin justifica los medios”. Y ahí está el maldito problema, detective. Porque ya que el valor de las cosas es subjetivo y personal, habrá ocasiones en que una persona pueda valer más que todo en el mundo. Y no respetará la regla. Y cuando la regla se quiebra, todo se torna de color rojo. Fuego… cadáveres. Todo el maldito mundo. Por eso hoy vivimos como ratas en esta ciudad. ¿Y para qué? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Cuántas confesiones habrá? ¿Cómo puede uno asegurar el valor de las cosas a través del tiempo? ¿Cómo puede uno saber que toda la batalla, toda mancha, valió la pena? Presiento que no se puede. Tal vez nada importa. Tal vez todo importa…

 

Ella se alejó. En la esquina del bar, dio vuelta a la izquierda y caminó hacia la avenida.  Yo me sentía muy mal, agitado, me temblaba el cuerpo. Sabía que no era el frío, pues estaba bien arropado. Encendí un cigarro. Me dirigí hacia el estacionamiento tratando de no caer. Al llegar a mi auto, busqué mis llaves y al sacarlas del bolsillo de mi gabardina, se escuchó que algo cayó al suelo. Era mi navaja. Y cuando la tomé, me perdí por completo.

 

Caminando a paso rápido fui en su dirección. No me costó tanto encontrarle la pista, le gustaba irse siempre por el mismo camino. No había nadie en la calle, ya era muy tarde. Me apresuré a alcanzarla con cautela y cuando ya estaba justo atrás de ella, le enterré la navaja en la nuca con suma fuerza. Cayó de frente inmediatamente. Le quité la ropa, incluso la ropa interior. No sé si seguía viva, pero parecía que intentaba decir algo tras ese río de sangre que le salía por la boca. Desenterré la navaja que atravesaba su cuello y atestado de cólera, empecé a cortar sus genitales. Hubo un momento en el que ya no discernía entre sus órganos y la sangre se había extendido al suelo, formando un charco. Emitía un olor fuerte, similar al hierro. Cuando me levanté, di un par de pasos hacia atrás y empecé a temblar nuevamente. Me pude percatar de lo que había hecho. Y comencé a llorar. A esa hora de la noche, había sólo un faro encendido a unas cuantas calles. Y desde mi perspectiva, Marie parecía solamente sombras en el pavimento.

 

FORASTERO

Doce del día. Los gritos de una mujer enfurecida atravesaban las carcomidas paredes de un departamento sucio y maloliente. Un hombre de huesos anchos y barba de varios días, dormía en ropa interior sobre un colchón sin sábanas en la posición más incómoda que su inconsciente le pudo sugerir. El departamento sólo tenía una habitación y una especie rara de clóset de tres paredes donde se ubicaba el inodoro y el lavabo. La cocina se fundía con la sala y el dormitorio de una manera casi poética. Un pequeño mueble pegado al colchón sostenía unas llaves, la mitad de una cerveza caliente y dos cajetillas de cigarros abiertas.

 

Los gritos de la mujer se convirtieron en irritantes carcajadas que despertaron a Bruno con un dolor de cabeza. —Para qué quiero un despertador, si tengo a Emma de vecina —se dijo a sí mismo, mientras apretaba las palmas de las manos contra su frente.

Se incorpora y toma del mueble un cigarro. Lo enciende y mira por la única ventana de su departamento. El cielo estaba blanco, pero no se veía ni una nube definida. Su departamento estaba en el tercer piso, así que por más que quisiera no podía ver más allá de los otros departamentos, ni perder de vista a William, el vagabundo de la esquina que sólo usaba unos jeans, lo suficientemente rotos de la entrepierna para dejar ver sus testículos. No era la mejor imagen para iniciar el día.

Sin haberse terminado de fumar el cigarro, se vistió, se puso unas botas sucias y salió a la calle en busca de algo que le quitara el dolor de cabeza.

Caminó cuatro calles en dirección a la licorería. No era la única de la zona, pero por alguna razón se acostumbró a ese camino. Antes de llegar, tres prostitutas se le acercaron y empezaron a hostigarlo. —Mi amor, ¿por qué tan solito, no quieres que te hagamos compañía esta noche? —le dijo una de ellas, mientras le pegaba los pechos a su brazo, usaba un vestido púrpura que le llegaba al final de las nalgas y un perfume que mareaba después de un momento. Él las ignoró. Trataron de seguirle el paso, pero las perdió al entrar a la licorería.

—Quiero su whiskey más barato. No recuerdo el nombre de la marca.

El vendedor se sorprendió de ver a Bruno en ese estado, aunque no fuesen amigos, se había vuelto cliente frecuente.

—Estos dos tienen el mismo precio. ¿Quiere el que probó la última vez? Porque es este, el de etiqueta roja —dijo el vendedor, que ya estaba entrado en años. 

—Está bien.

—Perfecto. Son doscientos.

—Aquí tiene —expresó Bruno un tanto harto. El dolor de cabeza ya le empezaba a punzar fuerte de nuevo.

—Gracias por su compra. Por cierto, quisiera agradecerle por ayudarme el otro día con esos malditos delincuentes. No pude hacer nada, ya estoy muy viejo para esas cosas, pero usted les dejó claro que aún hay gente cuerda en esta ciudad —dijo el vendedor.

—No estoy muy seguro de eso último. Pero sí. De nada. Supongo que tuvo suerte.

—Si no hubiera disparado en el momento en que lo hizo, hubieran sido mis sesos los que habrían pintado el piso.

 

Bruno salió de la licorería y ahí estaban otra vez las prostitutas. Lo estaban esperando. Puso cara de pocos amigos y caminó con su botella en mano. Sólo quería llegar a su habitación para poder acompañar su whiskey con el único huevo de gallina que tenía en la cocina. Le había costado una fortuna en el mercado.

—¿Qué pasó chiquito? Compraste algo para nuestra fiesta? —preguntó una de ellas.

Las tres empezaron a aproximarse hacia él, riéndose y haciendo comentarios inentendibles entre ellas. Pero antes de que alguna lo tocara, rápidamente sacó su revólver S&W 29 y lo apuntó al cielo frente a su sien. Las mujeres, entre asustadas y enojadas, se dieron la vuelta y desaparecieron en medio de maldiciones.

Dos calles antes de llegar a su edificio, abrió la botella de whiskey y le dio unos cuantos sorbos para calmar su sed. Mientras caminaba por el asfalto quebrajado, recordó a su esposa y los ricos platillos que cocinaba. Sobre todo, esos lunes por la noche, cuando él llegaba del trabajo agotado y ella le servía su postre favorito. Lo revitalizaba por completo. Extrañaba su sonrisa.

 

Llegó a la entrada del edificio. Y mientras sacaba las llaves de su bolsillo, el vagabundo que vivía en la acera de la esquina, se le acercó pidiendo limosna.

 

—Maldita sea William, ¿no fue suficiente con lo que te di la semana pasada?

 

—Una ayudadita, por favor. Perdí mi casa, mis hijos y mi trabajo… no tengo nada.

 

—No seas imbécil. Todos sabemos que tu familia te echó porque no quiere saber nada de tus estúpidas adicciones. ¿Con qué ojos crees que te veían tus hijos? No eres un ejemplo para ellos, eres una vergüenza. No perdiste tu trabajo, les robaste para irte a comprar heroína. Deberías dar gracias que no estás en la cárcel. Deberías dar gracias que aunque no te quieran volver a ver, tienes familia. Idiota. Quita las manos.

 

Por poco le cierra la puerta en la cara a William. Subió a su departamento y se echó al colchón. Estaba aturdido. El dolor de cabeza había desaparecido pero su mente era un asco. Se buscó en el bolsillo y sacó un pequeño frasco de pastillas. Se sentó en la orilla del colchón, abrió el frasco y dejó caer una diminuta esfera azul en su mano. La metió a su boca y se la pasó con whiskey.

 

De inmediato perdió el control de su peso y cayó acostado. Sus ojos completamente dilatados, aunque estaban abiertos, veían todo menos el húmedo techo de su departamento. Colores. Un arcoíris que se aferraba a sus recuerdos más placenteros lo guiaba por un sendero de alegría y tranquilidad.

Stella.

La miraba a ella. De frente, como si estuviera ahí con él. Comiendo. Riendo. Corriendo.

Y también estaban abrazados, en un camastro de una terraza a la luz de las estrellas. Uno y cientos de recuerdos a la vez. Una conexión tan fuerte y vívida, que no había forma de distinguir la realidad. Porque sus recuerdos dejaban de serlo, para disfrutarlos a tal grado que ya eran su presente.

Pero algo en el sendero lo guio a un recuerdo que no quería visitar.

 

Era de mañana. Su esposa Stella estaba atendiendo un huerto de verduras frente a la casa que juntos habían construido. No había edificios, no había ruido de autos o de gentío. Sólo ellos dos. Él se encontraba en la cocina, haciendo el desayuno para ella. La miraba de vez en cuando por una ventana. La puerta de la casa estaba abierta. Les gustaba sentir el aire fluir. El feng shui les había enseñado a eliminar las bajas vibraciones y la energía estancada. Cuando Bruno terminó de preparar el desayuno, la llamó para que lo acompañara a comer. No respondió. Por lo que se asomó por la ventana, pero no la vio. Abrió la ventana y la volvió a llamar. No respondió. Dejó los platos en el comedor y salió de la casa a buscarla, pero ahí estaba. A unos diez metros de la entrada, de espaldas, hablando con un hombre alto de sombrero negro que parecía haber estacionado un Cadillac frente al jardín.

 

—¿Quién es, cariño?

 

Al darse cuenta que su esposo la llamaba, ella volteó su cabeza apaciguadamente.

Pero algo no estaba bien. Sus ojos tenían una expresión de tristeza y su boca semiabierta no emitía ningún sonido.

Cuando terminó de darse la vuelta, mostró su estómago totalmente manchado de sangre. Se tambaleó por un segundo y cayó muerta.

 

—¡Stella! —gritó Bruno con la voz destrozada, cayendo de rodillas. —¡Imbécil!, ¿por qué?, ¿por qué lo hiciste?

 

Bruno se levantó rápidamente lleno de rabia para correr hacia aquél sujeto y despedazar su vida como ya lo había hecho con la suya.

Otros dos hombres salieron del Cadillac antes de que siquiera llegara a dar el primer golpe y entre los tres le dieron una paliza, dejándolo moribundo.

El más grande de los tres hombres tomó a Bruno por el cuello y lo arrastró hasta la casa.

 

—Un placer verte de nuevo, Bruno —dijo el hombre de sombrero negro. Poniéndolo en cuclillas y dándole unas palmadas en el cachete.

 

—¿Qué quieren?

 

—Queremos que le devuelvas a la familia lo que le debes. El jefe está particularmente molesto contigo.

 

—Malditos bastardos. La mataron… Pudieron haberme hecho cualquier cosa, pero en vez de eso, decidieron…

 

—¿Qué esperabas?, ¿Que entráramos por la puerta con un ramo de flores, pidiendo una taza de café? No seas ridículo. —El hombre de sombrero deja salir una ligera risa y se sienta en una de las sillas del comedor, alzando los pies para colocarlos bruscamente sobre uno de los platos que estaban servidos en la mesa. El plato de Stella.

 

—No tengo nada.

 

—¿Qué mierda dices? —preguntó incrédulo aquél hombre, bajando los pies de la mesa y con ello tirando las cosas que estaban encima.

 

—Usé todo el dinero de la droga para salir de la ciudad, cambiar nuestra identidad y construir esta casa. Íbamos a vivir otra vida. No tengo nada. Y con nada estaba bien.

 

—¡Idiota, no podemos regresar con el jefe sin nada! O nos das el alcaloide azul o el dinero. Bill, hazle saber que estamos molestos.

 

Bill era el mastodonte que lo había arrastrado hacia adentro del comedor. El tipo asentía con la cabeza mientras se colocaba una manopla en su mano derecha. Nervioso, Bruno empezó a respirar agitadamente y a hacer exhalaciones fuertes. Sabía que le iba a doler.

 

Primer golpe.

 

Directo al suelo. Mareo. Bruno sintió como uno de sus dientes cayó a la punta de su lengua. Lo escupió y rodó por la cocina dejando una delgada línea de sangre.

 

—Sabes, antes dabas más pelea —expresó el hombre de sombrero.

 

Segundo golpe.

 

Esta vez, el mastodonte le dio una patada en el abdomen, tan violenta, que lo empujó hasta un mueble de la cocina. Pasó mucho tiempo para que pudiera volver a tomar una bocanada de aire. Sintió frío. Empezó a temblar. Su cuerpo ya estaba llegando a sus límites. Poco a poco pudo mover su brazo y usarlo para incorporarse lentamente. Recordó que tenía una pistola guardada en un cajón de la cocina. Tal vez esa era su única oportunidad. Pero no sabía si estaba cargada. O si le daría tiempo de disparar.

 

—Recuerdo cuando entre a la familia. —El hombre de sombrero comenzó a dar vueltas en la sala mientras encendía un cigarro. —Tú estabas ahí como idiota, parado frente a la silla del jefe, como si tuvieras trato especial. Un vil vendedor de droga, en mi glorioso día, viendo como me asignaban puesto. Qué humillante.

 

Bill se sentó en uno de los sillones de la sala, echó sus brazos para atrás y sostuvo su cabeza con las manos. Habían emprendido un viaje muy largo para encontrar la casa.

El otro sujeto tomó uno de los cubiertos y empezó a comer de lo que estaba esparcido en la mesa.

 

—Odio decirlo, pero es una lástima que hayas huido de la familia, las cosas han mejorado mucho desde entonces. A Bill le darán un Rolls Royce Phantom IV la próxima semana. ¿Lo conoces?, ¡es un auto de reyes! Espero que sea descapotable, si no, es probable que su estúpida cabeza vaya a romper el techo antes que —Disparo.

 

La bala fue directo a la frente de Bill, quien ya estaba por quedarse dormido. Bruno había conseguido abrir el cajón de la cocina sin que lo notaran y por suerte el arma aún tenía municiones. Rápidamente se escondió tras una pared, disparó aleatoriamente a la sala y tomó aire para lo que iba a pasar.

 

—¡Idiota mataste a Bill!

 

Cuando cesó el fuego, ambos hombres salieron corriendo de la sala en búsqueda de Bruno pero no lo encontraron. No hubiera podido subir al segundo piso porque las escaleras estaban frente a ellos. Lo habrían visto. Seguía ahí. Abrieron cajones, tiraron todo. Quitaron la alfombra… Y encontraron una pequeña puerta de acero en el piso. Estaba sellada por un código.

Bruno y Stella habían construido juntos la casa, pensando en que en cualquier momento necesitarían escapar de las autoridades o de quien fuera. Debido a que el cambio de identidad era penado con la muerte.

Por eso hicieron un túnel que los llevaría fuera de la casa con un sistema de defensa un tanto particular.

Inmediatamente las ventanas y puertas de la casa se cerraron por completo con unas gruesas capas de metal. Del sistema de aire acondicionado en el techo, salía un gas que poco a poco inundó todo rincón. Y mientras el hombre de sombrero y su compañero intentaban salir a raíz de disparos y patadas, una hornilla de la estufa se encendió.

Todo se involucró en una estrepitosa explosión.

Las llamas arrasaron con las habitaciones, los muebles… y los intrusos.

 

Al final del pasaje, Bruno abrió una especie de escotilla. Tuvo que dar un par de pasos hacia atrás porque un montón de tierra de afuera cayó al túnel. Salió como pudo. Volteó a ver su casa a lo lejos y un montón de humo ya cubría el cielo. Claramente los tres pisos de lo que había sido su hogar ya eran sólo escombro. Perdió el aliento y se le rompió el corazón. Mismo que le rogaba regresar por Stella. Pero su cuerpo no quería correr el riesgo, ya no podría hacer nada para defenderse si algo ocurría. Tuvo miedo. Se quedó inmóvil por un minuto. Una y dos gotas de sangre se desprendieron de su cabeza y cayeron a la tierra árida.

 

Bruno despertó súbitamente con la respiración agitada. Sudaba frío.

Ya estaba anocheciendo. Vio la hora: 6 PM.

Moría de hambre. Pensó en cocinar el único huevo que tenía en el frigobar. Pero sabía que no serviría de mucho. Revisó su bolsillo. Pero no tenía ni una moneda. Inspeccionó en el primer cajón de su único buró y encontró un fajo de billetes que había estado guardando para emergencias. —No se puede prolongar lo inevitable. —se dijo así mismo. —Tengo que conseguir otro cliente.

 

Trabajaba de asesino a sueldo. Ya había tenido diez clientes y eso lo consternaba un poco, no tenía intenciones de durar tanto en el negocio. Evitaba a los políticos y gente de poder porque quería evitarse demasiados problemas. Aunque definitivamente le dejaba mucho más de lo que ganaba de albañil y guardia de seguridad. Las cosas siempre habían estado mal en la economía de Ciudad F, pero esos días eran particularmente difíciles.

Ningún vecino tenía idea de su trabajo, ni siquiera les pasaba por la cabeza. Pero sabían que era un tipo de cuidado, nadie se metía con él. No hacían preguntas.

 

A pesar de que no era muy bueno relacionándose con otras personas, tenía un fuerte sentido de responsabilidad hacia los demás.

En una ocasión, un ladrón entró al edificio habitacional y se inmiscuyó al departamento de al lado. Podía escucharse perfectamente cómo le gritaba a su vecina “Es un asalto, saca las joyas perra”. Definitivamente él no era el único enterado de la situación, la mitad del edificio cerró sus puertas con doble llave. Incluso hubo una señora de cincuenta años que se encerró en su baño junto con su gato y avisó a la policía. Claro, hay que mencionar que antes de subir al tercer piso, el ladrón había tenido la amabilidad de visitar a un vecino del primer piso para robarle y matarle por intentar escapar.

Bruno, fastidiado por el ruido, salió de su departamento y fue a ver por qué tanto alboroto. Cuando abrió la puerta y se dio cuenta de que el ladrón estaba encima de Emma, quien ya no tenía pantalones y lloraba aterrada, le disparó en ambas piernas. El ladrón gritó desesperado del dolor mientras se revolcaba en el suelo. De un momento a otro, sacó un arma que traía en su cinturón y le apuntó a Bruno. Éste rio y se quedó inmóvil. Extendió los brazos y dijo de manera sombría “Adelante, dispara imbécil. No puedes matar a lo que ya está muerto.” El ladrón dio tres disparos hasta que su arma se atascó. No pudo acertar ninguno entre el dolor y el pánico. Por lo que Bruno se abalanzó contra él y le dio una golpiza. Lo sacó del edificio y en medio de la calle, frente a los ojos de sus alterados vecinos y otra gente que por ahí pasaba, le voló la cabeza. Y de pronto emergió una ovación.

  

A regañadientes, tomó el fajo de billetes del buró y lo metió a su bolsillo. Tenía que ir a un lugar peligroso, era mejor tener algo con qué negociar si algo salía mal. Ya que últimamente, su vida no le parecía suficiente.

 

Salió a la calle y tomó el subterráneo en dirección al centro de la ciudad. La gente lo miraba raro, como si fuera uno de esos reptilianos de los que las familias tenían pavor. Una señora que iba sentada amamantando a su bebé, hizo que el pobrecillo escupiera la leche por gritarle a Bruno que se largara del vagón y saltara al caño con los de su especie, las ratas. Y es que era un hombre corpulento y no se había bañado en días, que además, usaba siempre gabardina y sombrero, lo que lo hacía sudar en lugares concurridos como ése. De cualquier forma, no quería que nadie se le acercara. No tenía intención de cultivar relación alguna.

Subió las escaleras a una calle solitaria. Sólo un par de locales parecían estar abiertos, sin embargo, sin clientes no asemejaban ser la mejor opción para consumir alimento alguno.

Siguió caminando, pasando entre bares y prostitutas, llegó a un edificio que se desempeñaba como almacén de una marca de textiles. No era nada popular en el mercado y no le interesaba serlo. Caminó hasta llegar a un costado del almacén donde había una puerta de acero que denotaba varios disparos de bala. Dio tres ligeros golpes  a la puerta y juntó los dedos de su mano derecha para formar un círculo que se colocó en la frente. Se escucharon unos pasos lentos atrás de la puerta y una mirilla rectangular se abrió a la altura de sus ojos. De la mirilla se emitió un láser que lo escaneó de los cabellos a las suelas. Una voz áspera y grave preguntó —Bruno Clay, ¿a qué viene?

 

—Quiero trabajo. Y un whiskey bien servido.

 

La puerta se abrió. Un hombre trajeado y enorme se dejó ver, parecía un toro, por el par de cuernos implantados en su cabeza y el arete que colgaba de su nariz.  Después de entrar y de cerrar la puerta de acero tras él, le hizo estirar los brazos al recién llegado para catearlo y asegurarse de que no tuviera ningún arma. Al acabar la clara e innecesaria violación sexual, el toro le permitió seguir el pasillo al bar.

Al acercarse y atravesar el pasillo, poco a poco llegaba a sus oídos un jazz suave que le ponía la piel de gallina, era el trío del lugar, situados en un reducido escenario frente a la pared con luz neón roja. Le impresionaba el hecho de que los tres señores, que ya estaban avanzados en edad, pudieran tocar todos los días en un lugar como ése. Seguro la paga era buena. Estuviera lleno o vacío, no importaba, ahí estaban. Al fin y al cabo, sabían que nunca habría una riña, siempre había intereses más grandes. Las personas que iban a Tres Ojos, iban a hacer negocios.

Aunque no era muy amplio, era un lugar turbio con hedor a carne podrida y cocaína, con los suficientes clientes malencarados y agobiados como para contagiarte hasta los huesos.

 

Bruno se sentó en una mesa de dos sillas. Pidió su whiskey y esperó. Había más clientes que la última vez que había estado ahí. Miraba a la gente entrar y salir del lugar, siempre llevaban en su rostro cierto nerviosismo.

El proceso era sencillo, sólo entraba uno por mesa. Si querías un trabajo, te sentabas en las mesas del centro y esperabas. Si querías contratar, te sentabas en la barra y le preguntabas al bartender por el menú. Como podrás imaginar el bartender resultaba ser muy popular.

No había esperado más de cinco minutos y un hombre se sentó en la otra silla de su mesa. El señor era gordo, ya entrado en sus cuarenta y tantos, vestía ropa sucia y tenía una asquerosa verruga en la nariz.

 

—Me dijeron que matas por dinero.

 

—Sí. Así parece. —Bruno, un tanto sorprendido por la afirmación tan directa de aquél sujeto, hizo el ademán al mesero de que el vaso de whiskey era para él.

 

—Quiero matar a mi jefe, se llama Wallace. Trabajo en un restaurante italiano como mesero y no puedo seguir tolerando que se esté pudriendo en dinero cuando ni si quiera se aparece en el local.

 

—Suena a algo muy normal. Aunque no juzgo, no es mi trabajo.

 

—Quiero que se haga mañana. Aquí está su información y cómo contactarme. —El gordo sacó un sobre cerrado de su gabardina y lo puso frente a él.

 

—Pero ni siquiera ha escuchado cuánto cobraré por el trabajo.

 

—Claro, ¿Cuánto quieres? ¿Te parece bien cinco millones?

 

Bruno casi salta de su silla al escuchar el monto, pero se mantuvo lo más calmado que pudo e intentó formular una respuesta.

 

—Suena… razonable. ¿El hombre no será también político o sí?

 

—No, no, no. Ya quisiera él llegar a serlo. Maldito bastardo.

 

—Perfecto. Entonces su reloj se detiene mañana ¿cierto?

 

—Sí. Él y su familia estarán cenando en uno de sus restaurantes mañana a las nueve de la noche. Puedo organizar que ése día tome una bebida diurética. El espacio del baño de ése restaurante es conveniente para el asesinato y las ventanas del mismo son lo suficientemente amplias para huir. —El gordo sacó un fajo de billetes y se lo extendió—. ¿Tenemos un trato?

 

Bruno estuvo a punto de tomar el fajo de billetes sin chistar, pero en el último momento dudo. Todo parecía tan sencillo que algo no le cuadraba.

 

—Tómalo. Si lo matas, mañana mismo dejo el dinero en cualquier lugar de la ciudad que me digas. —Bruno tomó los billetes, necesitaba comer en los próximos días.

 

—¿Y qué pasaría si no acepto el trato? —dijo Bruno, haciendo alusión a que ya tenía su fajo de billetes en la mano y podría continuar con su vida sin hacer caso de la propuesta de trabajo.

 

—Con todo respeto, Bruno. Tomando en cuenta la cantidad de matones en este bar… Serías un imbécil.

 

—De acuerdo. Tenemos un trato. —Ambos alzaron sus brazos casi sincronizados. Una señorita de escote abierto y shorts de mezclilla se acercó a ellos.

 

—¿En qué les puedo ayudar señores?

 

—Hola linda, quiero pagar mi whiskey. Y por favor anótanos en la lista de tratos de Mike —respondió Bruno. La señorita recibió el dinero, asintió con la cabeza e inmediatamente se fue a la barra.

 

—Espero tu llamada mañana a las cinco de la tarde —dijo el gordo, levantándose de su silla para salir del bar como un fantasma.

 

Bruno soltó un suspiro y dejó caer los hombros. Ése tal Wallace resultaría ser más que un trofeo de repisa. Miró el puñado de billetes que había conseguido hacía unos momentos y recordó cómo manejaba el dinero antes de huir de ciudad F. Anillos codificados, microchips subcutáneos… todo era más sencillo. Tal vez después de ese trabajo podría abrir nuevamente una cuenta bancaria. Tal vez.

Ya cansado, se levanta de su silla y se dirige a la salida. Y al pasar frente a la barra, Mike, el bartender, hizo un círculo con su mano y lo colocó en su frente, “el saludo de Tres Ojos”, como símbolo de buena suerte para Bruno.

 

Caminó un par de minutos para tomar un taxi a la Avenida Crook. Nada como un cambio de aires. Edificios altos rozando las nubes con un estilo art déco que dejaría al antiguo Empire State en segundo plano. Parejas vestidas de gala saliendo de sus automóviles Packard Speedster y Ford De Luxe. Era impresionante que habiendo tantos avances tecnológicos, la industria automotriz estuviera en su pleno auge con los modelos clásicos.

Quería aprovechar su dinero recién conseguido en un buen corte de carne y sólo podía pensar en “The Porterhouse”, el lugar más lujoso donde había tenido el placer de comer. El restaurante donde había pedido matrimonio a Stella.

Después de agasajarse, pedir doble ración y de ignorar un par de comentarios despectivos de los comensales, pagó con buena propina y se fue en taxi a su departamento.

 

La mañana siguiente, despertó sudando. Sabía que tenía que matar a Wallace. Pero no quería tener nada qué ver con ningún personaje famoso. Sabía que el tipo no solamente era el dueño de un restaurante y no era una corazonada, en el sobre venía toda la bendita vida de aquél hombre. El tipo tenía relación con cualquier cantidad de figuras importantes, gobierno, policía, actores y deportistas.

Tenía miedo. Por primera vez en mucho tiempo, temía perder lo único que tenía, libertad. Si es que realmente era libre. Bruno una vez escuchó la historia de un griego que vivió casi toda su vida en prisión y terminó aceptando que la libertad nunca dependió de nadie, más que de él mismo. ¿Pero qué haces cuando eres prisionero de tu propia mente?

Entró en un macabro debate interno que sólo pudo silenciar con una ducha. El agua ayudaba a purgar esos asfixiantes pensamientos que brotaban de su cabeza y ya estaban comenzando a escurrirse en su piel como si de un ácido se tratara.

 

Podía enfrentarse a su propia muerte, pero ésta decisión lo sobrepasaba. ¿Por qué? No lo sabía. ¿Miedo a matar? No. Él mismo había sido causa de mucha muerte. No estaba orgulloso, pero cada vez que tomaba su arma podía desencadenar un infierno. Pensó en todas las veces que había presionado el gatillo. Recordaba perfectamente cada una de ellas. La primera vez fue por culpa de un matón de la mafia, ese tal Cannes. Le pusieron la pistola en la cabeza para que matara a un joven drogadicto que no quiso pagar su dosis. Bruno tuvo la oportunidad de luchar, pero en ese momento sintió miedo. Fue la primera vez que tuvo una pistola en sus manos. Las venas le palpitaron tan fuerte, que sin darse cuenta, le deshizo la cara a aquél chico de un balazo. Firmando con sangre un contrato de aullidos en la noche. Después de eso, huyó de la ciudad con su esposa.

 

Sentía como si alguien lo observara. Salió de su departamento con un cigarrillo en la boca. Ya pasaba de medio día, el tiempo estaba en su contra. No era el hecho de perder la vida. Tampoco era el hecho de matar o no matar. Eso lo sabía. Su mente ya arrastraba cadenas pesadas por ello, no tenía más que perder. O eso pensaba, mientras caminaba a paso lento en medio de la calle.

“Las cosas que me pasaron no fueron mi culpa, fue la maldita vida sin sentido.” Se dijo a sí mismo. Pasó al lado de una licorería y reconoció a William, el vagabundo de la esquina, quien estaba comprando un vino. Al parecer, con el dinero que había recaudado en unos días. “¿Las cosas nos pasan…? ¿De quién es la maldita culpa? ¿Quién es responsable?” Sintió que alguien le seguía. Por un momento creyó escuchar unos pasos atrás de él. Miró de reojo, pero no vio nada. Se quedó quieto por un instante tratando de acomodar sus ideas. Un auto que se acercaba lentamente tras él, lo esquivó por la izquierda. El conductor le gritó varias vulgaridades haciéndole señas con su mano.

Decidió subirse a la vereda y siguió caminando. Caminó alrededor de dos horas, ensimismado y absorto en una nube de tabaco. La vereda estaba completamente sola. De vez en cuando un perfume peculiar llegaba a su nariz y lo hacía reaccionar y mirar hacia atrás. En el bolsillo tenía la última pastilla de esa droga nueva que tantos problemas le había ocasionado. No quería pensar en el por qué la había llevado consigo. Titubeó en tomarla, tal vez podría ayudarle a decidir o por lo menos para escapar de sus pensamientos. Pero le vino a la mente una frase que le taladró la cabeza: “No seas cobarde”. Dejó la pastilla en su bolsillo y empezó a recordar a Stella por su cuenta. Recordó el momento en el que habían decidido tener hijos. Estaban jugando en la sala y ambos cayeron en un sofá, se miraron a los ojos y entre risas ambos acordaron en intentarlo. Días antes de que la mataran. El revivir ese momento lo hizo enfurecer. Con un movimiento brusco, tiró el cigarrillo al piso y su respiración se agitó. De pronto, otro pensamiento le vino a la mente “Acéptalo”.

Y éste último lo dejó pasmado. Porque ésta vez, escuchó la voz de Stella. Sintió que alguien le tocó el hombro derecho e inmediatamente sacó su revólver y le apuntó.

 

Era ella. Hermosa, diluida en el aire y sin un vestuario en particular, pero era ella.

 

—¿Por qué te asustas? Amor. Yo siempre he estado contigo.

 

—Stella…

 

— ¿No me habías escuchado antes? —Él negó con la cabeza, aún sin poder creer lo que estaba experimentando. —Acepta mi muerte, Bruno. Ya ha pasado mucho tiempo, no sirve de nada seguirlo lamentando así. Llórame, pero sonriendo.

 

—Amor… sin ti... No puedo sonreír.

 

—Debes perdonarte, amor. Mi muerte no es tu culpa. —Bruno cayó al piso de rodillas, dejando salir una lágrima.

 

—¿Qué sentido tiene vivir, si no es a tu lado?

 

—Amar la vida de la misma forma que me amaste a mí. Acepta la mortalidad en esta vida, sana, quiero que vivas plenamente. La libertad que buscas, no está en otro lado más que en tu propia luz.

 

—Pero Stella… Tengo todo este odio en mí… Quiero que las personas que te hicieron daño paguen por su delito. Te prometo que no descansaré hasta haberte vengado. —Stella lo miró con tristeza.

 

—Tu revólver ha opacado ése fulgor solar tuyo.

 

Un río de lágrimas brotó de los ojos de Bruno y arrepentido, bajó la cabeza. Cuando levantó la mirada, ya no estaba. La llamó, pero no hubo respuesta. Stella se había ido.

 

Se paró con las piernas temblorosas y alcanzó a ver un basurero enorme sobre lo que antes había sido una avenida principal. Caminó en esa dirección. Lo había decidido. Tomó su revólver del cañón con la determinación de lanzarlo al fondo de ése mar de chatarra. Agarró impulso y justo antes de hacerlo, se detuvo. En el otro lado reconoció a un hombre a la distancia. Usaba un sombrero negro y estaba tirando una bolsa en el caudal, una bolsa que parecía contener un cuerpo. Era Cannes, el mismo tipo que lo hizo disparar su primera bala… el mismo mafioso que mató a su esposa afuera de su casa. La ira se apoderó de él. Y apuntó.

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