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© 2019 por Ciudad Ficción

 

OJOS DE FUEGO

Como cada sábado por la mañana, salí de mi departamento a pasear a Poke, mi perrita. Siempre terminaba como el escape de mi Mustang 1965, bañada en polvo y oliendo a rayos. Aun no entiendo cómo, pero  se soltó de la correa y salí corriendo tras ella hacia el puerto.

En ese momento fue cuando la vi por primera vez.

Estaba en la playa caminando descalza, con su cabello oscuro reflejando el sol, cuando Poke se le acercó emocionada, dándole vueltas alrededor de ella. Cuando por fin pude llegar, le di las gracias y asombrado por su belleza, me despedí. Olvidé preguntarle su nombre.

Un día terminando la jornada y con un poco de hastío, no quise pasar al departamento y me seguí varias cuadras hacia el puerto. Entré a este pequeño bar llamado “Arena y Sal”, en su interior se podían contar las mesas con las manos. Sin embargo, algo tenía ese lugar que me hizo quedarme a beber un trago. Me acerqué a la barra y la vi. Tan sonriente como aquella vez y un resplandor en sus ojos me poseyó por completo. Le pedí un caballito de tequila y me reconoció. Me sonrió. Mientras me tomaba mi  bebida, ella atendía a los clientes de una manera tan delicada, tan ordenada, se movía de un lado a otro suavemente, como si estuviera realizando un baile espiritual. Lo que me causaba impresión por el tipo de trabajo.

Pasó el tiempo y sólo pensaba en ir a visitarla y contarle de mi día. De mi aburrida vida, de mi separación. De las locuras que tenía que pasar con Poke y sus vecinos pretendientes… le contaba todo, se me hizo costumbre. Ahora que lo pienso, me sorprende que no me vetaran de la cantina.

 

Una tarde mientras esperaba sentado en la barra a que ella atendiera a un par de señores, me le quedé viendo a mi caballito con agua, un poco perdido. Sí, ella me había convencido que dejara de beber. Cuando escuché entre risas que uno de esos señores le dijo “preciosa”. Apenas pude contenerme. Nunca había sentido lo que en ese momento, mi corazón palpitó veloz y mis puños me dolían de tanto apretarlos. Pero con cada segundo que pasaba lo iba aceptando, ella no le pertenecía a nadie, no tenía razón para sentir celos, ni siquiera éramos nada. Además, ella trabajaba ahí para todos los clientes del lugar, en su mayoría hombres que claramente se percatarían de su belleza. Uno tendría que estar ciego para no darse cuenta.

 

Finalmente me decidí a invitarla a salir y accedió, tarea difícil ya que siempre salía de trabajar con una amiga suya.

Caminamos de noche por el puerto, a unas cuantas cuadras de su departamento, era una de esas noches mágicas en las que todo se acomodaba para ser perfecto, cuando le dije lo que sentía por ella. Sus ojos ambar se llenaron de lágrimas y me miró fijamente. “Soy invidente” me susurro con voz quebrada. Yo no lo creía, todo el tiempo me había dirigido la mirada como si…

No supe qué decir. La abracé fuerte. No sabía cómo tratarla, me sentía como un idiota. Fuimos a donde ella vivía y se despidió con un tierno beso en mis labios. Supo exactamente donde estaban. Y cerró la puerta.

Días después, cuando quise visitarla de nuevo, ya no estaba. Tampoco en la cantina. Nunca la volví a ver.

 

SOMBRAS

Me levanté como siempre 5 minutos antes de que sonara el despertador. Justo a las 5:55 AM.

Después de ir al baño y lavarme los dientes, me puse el traje que había dejado Beatriz colgado en la manija de la puerta del cuarto. Justo acababa de llegar de la tintorería el día anterior. Olía a esa fragancia nueva que tienen en el mercado… ¿rosas? No, era lavanda. Malditos bastardos, aún no sé cómo consiguen asemejar esos olores. Creo que la lavanda lleva extinta ya casi una década. De cualquier forma, nadie podría saber la diferencia.

En fin, le preparé el desayuno a Beatriz, se lo dejé tapado con otro plato en la mesa de la cocina. Se pone como histérica cuando le toca comérselo frío. Ya sabe cómo son las mujeres.

¿Qué? Supongo que no está casado. Como quiera. El punto es que me fui temprano de la casa ese día. No tenía ganas de hablar con ella. Además Sofía se pone a llorar cada vez que me despido de ella, así que esa vez ni me le acerqué.

Me subí al auto y me dirigí a Corporaciones Wallace, donde trabajo como contador… Sí, exacto. Es así de emocionante. Pero el otro día vi en la web que existen personas en la ciudad a las que de verdad les gustan los números. Incluso han ganado premios. Yo tampoco lo creí cuando lo vi, pero me puse a investigar a fondo la nota y es verídica. Qué locura. Yo lo único que sé es que cuando llega el día de pago mi bolsillo se pone feliz. Imagínese, 20 años estudiando, dos maestrías. Claro que me merezco algún billete ¿no? Lástima que la loca de mi esposa se lo gasta todo. ¿Disculpe? Sí, lo siento.

Fue un día como cualquier otro en el trabajo, pegado a la computadora y pudriéndome en esa estúpida silla de mierda. Tanto asqueroso dinero que se genera esa empresa para que ni siquiera puedan comprar sillas decentes. Al terminar el día unos compañeros del trabajo me invitaron a celebrar, ya que a uno de ellos lo habían ascendido. A un tal Johnny Tolstoi. La verdad no lo conocía muy bien. Sólo lo saludaba por cortesía. Decidieron ir a un antro nudista. Yo sólo fui porque no tenía otra cosa qué hacer. Fuimos en dos carros, en el de un compañero y el mío. No recuerdo su nombre. Cuando llegamos, le dimos las llaves al chico del valet y cual adolescentes entramos echando bulla y riendo como si ya estuviéramos tomados. La verdad hacía tiempo no me sentía así. Verá, no soy una persona de muchos amigos. Sólo me llevé bien con mi padre y ahora en mayo cumple cinco años de fallecido. Nunca entendí mucho las fiestas. No les veía caso. Es decir, ¿Qué carajos puede uno celebrar en esta vida? No sé. No lo entiendo.

El lugar estaba casi vacío y ni siquiera era tan tarde. Nos sentamos en un sofá rojo frente a una especie de escenario de vidrio con un tubo en medio. Sólo podía preguntarme qué tan sucio estaba ese tubo, qué tanta gente habría tocado esa cosa. Cuando llegaron las bebidas, empezó a sonar una música nefasta, una canción estruendosa de ritmo primitivo. Pero dejó de importarme. Porque inmediatamente mis ojos se enfocaron en unas piernas adornadas con medias de encaje que subían al escenario con un ritmo propio. Una joven mujer de cabello largo castaño se adueñó de la atención de todo el lugar. Y yo, por primera vez en muchos años me sentí nervioso. Sabía que no debía estar en aquel lugar. Que le había dicho a mi esposa que había tenido que ir a una junta de trabajo. Aun así, no quise levantarme de ese sofá. Mis compañeros se volvieron como chimpancés al verla bailar y quitarse la poca ropa que traía hasta quedar solamente en tacones. Le tiraban billetes a sus pies y ella concentrada en su baile no los volteaba a ver. Sin embargo, por un momento nuestras miradas se cruzaron y se percató de mí. No sabría decir si me sonrió o si se reía de mí. Pero en ese momento supe que quería estar con esa mujer.

Al acabar la canción, ella recogió todos los billetes, mandó un beso al público y bajó las escaleras. Una chica la recibió con su abrigo y se perdió en la parte de atrás del antro. Mis estúpidos compañeros comenzaron a gritar frases como “Yo la quiero para cenar” o “¿Dónde se paga para llevar?”. Los ignoré. Pero sí necesitaba saber dónde estaba ella. Necesitaba hablarle por lo menos. Necesitaba cerciorarme de que ella supiera de mi existencia. Les dije a mis compañeros que iba al baño, para poder buscarla tranquilo. El antro empezaba a llenarse de gente de pasta, directivos, políticos… claro, todos con sus respectivos guardaespaldas. Lo que me hizo sentirme un poco sucio. Le pregunté a una mesera que dónde podía encontrar a aquella mujer. Me preguntó su nombre. Lo cual me dejó como un imbécil. Le intenté explicar que era la primera vez que iba ahí y que no lo sabía. A lo que ella respondió: “Aquí manejamos a muchas mujeres, este antro tiene varios pisos y yo poca propina. Déjeme trabajar en paz.” No había caído en cuenta que era un edificio completo. Eso iba a complicar las cosas. Decidí subir al siguiente piso y no la vi por ningún lado. Seguramente estaba en algún camerino o algo así. Subí al siguiente y tampoco. Eso sí, curiosamente estaba a tope de gente. Un poco decepcionado, baje al primer piso donde estaban mis compañeros de trabajo y los vi saliendo del antro con varias chicas y a Johnny que estaba abrazándola. Rápidamente fui con ellos y les seguí el juego. Hicieron un par de chistes sobre mi trasero atorado en el escusado o algo así y me invitaron a seguir la fiesta a casa de Johnny. Normalmente hubiera dicho que no, pero si ella iba a estar ahí, yo tenía que ir. La decisión más estúpida de mi vida.

Llegamos a casa de Johnny. Parecía una maldita mansión, sus paredes estaban adornadas con finas molduras y del techo colgaban unas luces bastante excéntricas. Ahora entiendo por qué se llevaba tan bien con el jefe. Nos instalamos todos en la sala y las chicas inmediatamente se aventaron contra la cantina. Mientras Johnny buscaba algo de Sinatra entre sus discos de acetato, me acerqué a ella y le pregunté su nombre. “Marie” dijo con un tono de voz muy particular. Carajo, qué bella sonrisa tenía. Hablamos un buen rato y ella parecía encontrar mi corbata muy divertida, se burlaba de la mala combinación que hacía con todo mi traje. Le conté sobre mi vida. No sé por qué le conté sobre mi hija y mi esposa, pero me sentía algo atontado ¿sabe? Como… en confianza… Creo que nunca me había sentido así. ¿Qué? Ah, claro… quiero a mi esposa, por supuesto. Pero, no sé, supongo que mi vida pasó muy rápido. Hice todo lo que mis padres querían que hiciera, hice todo lo que se supone que un hombre de bien debe hacer… Como sea, esa vez la pasé muy bien con Marie. 

De pronto ella me sacó a bailar al centro de la sala. A los demás les encantó la idea y nos siguieron al minuto. Nunca antes había bailado swing. Y lo admito, fue divertido. Pero en una de esas vueltas, Johnny se atravesó y tomó sus manos para bailar con ella. “Oye Ed, déjame disfrutar mi regalo” me dijo. Enfurecí. Pero sabía que debía mantener compostura. Me senté en uno de sus sillones y tuve que tragarme su baile. Imbécil. Tenía a muchas otras ahí, pero tuvo que escogerla a ella.

Empecé a hablar con otra de las chicas, para distraerme un poco. Para mi sorpresa, ella me preguntó que con cuál de ellas me iba a acostar, ya que casi todas estaban apartadas. Entonces, me di cuenta de lo obvio muy tarde. Volteé a ver a Johnny y estaba acosándola, tocándola, dándole besos en su cuello. Y aunque Marie se daba la vuelta para evitarlo, él se repegaba. No sé en qué momento sucedió, pero me levanté y me planté frente a Johnny para darle un puñetazo tan fuerte que lo tiró al suelo. Creo que le rompí la nariz. Todos se quedaron pasmados alrededor sin saber qué hacer, el maldito se levantó y empezó a gritar como loco mientras se dirigía a uno de los muebles de la sala. Abrió un cajón y sacó una pistola. Me apuntó con ella y gritó que nos largáramos de su casa.

Salí rápidamente y desconcertado, no podía creer lo que acababa de ocurrir. Me senté en el cofre de mi auto, hurgué en el bolsillo interno de mi saco y pude encontrar una cajetilla de cigarros.

“¿Fumas solo?” me preguntó Marie, que venía saliendo de la casa. Le di el cigarrillo que acababa de encender. Me dijo que estaba molesta, porque Johnny se había puesto muy agresivo. Y me agradeció la intervención. “Normalmente no acepto tratos con ricachones, pero me parecieron buenos tipos.” Todo pasó muy rápido, de repente estábamos en el asiento trasero del auto besándonos hasta que ella dijo que la acompañara a su departamento.

Vaya. Eso no lo esperaba. No sabía qué decirle, dudé por un momento si de verdad había alguna posibilidad de que yo le gustara o si simplemente necesitaba a alguien que la llevara. Terminé por aceptar y fuimos a su departamento. Pequeño, viejo y con un fuerte olor a tabaco que parecía provenir de la alfombra. Detalles que pasaron a segundo plano para cuando me llevó a la cama e hicimos el amor. Una noche exquisita. Ni si quiera abrimos el vino que compramos de camino.

El problema fue que tenía que regresar a mi casa. Eran las malditas 5 de la mañana cuando le puse seguro a la puerta de la entrada y subí al cuarto donde Beatriz debía estar ya en el quinto sueño. Fueron los pasos más lentos que he dado en mi vida. No sé si no quería despertarla, o no quería regresar a mi vida aburrida de siempre. Me acosté con sumo cuidado y dormí.

Algo vibraba en el buró de mi lado de la cama. Era mi celular. Entre dormido y atontado lo tomé rápidamente para que no se despertara Beatriz y contesté. Era ella. Carajo, sí que era decidida, no le importaba el hecho de crear una guerra nuclear en mi habitación. Con un tono dulce pero atrevido me dijo que debíamos vernos en el parque de la avenida Fontainebleu a las cuatro de la tarde, me sonó un beso y justo antes de que yo pudiera decir algo, me colgó.

Cuando me incorporé, oí un gemido tras de mí. Sabía que algo estaba por ocurrir.

“Edmundo, ¿dónde estuviste anoche?” me preguntó Beatriz mucho más despierta que yo. Le tuve que responder que había salido con unos amigos de la oficina y que perdí la noción del tiempo. Se enojó mucho conmigo y discutimos. Me dijo que estuvo preocupada y tuvo que cenar sola con Sofía. Y que ese día ella tenía que salir a hacer unos pendientes por lo que no podía cuidar de la niña. Así que sí o sí me tocaba a mí. Nada qué discutir. De cualquier manera, ese día ya le había dicho a mi nena que le iba a comprar unos zapatos, los que tenía ya estaban algo desgastados y sus piecitos le quedaban aplastados ahí dentro. Así que mejor para mí, tiempo con mi hija es tiempo bien invertido.

Llevé a Beatriz a sus “pendientes” en un spa donde la esperaban sus amigas y de ahí, Sofía y yo pasamos a la zapatería. La niña escogió unas botas azul marino que no le combinaban con nada. Sonreía cada vez que miraba abajo. Y después de comer algo fuimos al parque.

 

Dieron las cuatro y Marie no llegaba. Creí que se había perdido. No es que sea paranoico ni nada, sólo que si me dicen una hora, a esa hora llego. Como sea, me senté en una de las bancas del parque y mientras esperaba decidí fumarme un cigarrillo… No me mire así, la niña estaba jugando a una distancia considerable. Además, el aire ya estaba jodido desde antes de encender ese tabaco, no es mi culpa que todo el mundo se haya ido a la mierda y sólo quedara esta maldita ciudad…

 

Fue entonces cuando la vi a lo lejos, ropa holgada, lentes oscuros y una sonrisa envidiable, se veía como cualquiera con una vida normal. Aunque, ¿qué es normal?, ¿verdad? Toda la gente tiene un poco de locura y sin sentido en sus entrañas.

“Por fin llegaste, Ed.” me dijo Marie. Tiré la colilla del cigarrillo y me levanté para saludarla y súbitamente se abalanzó contra mí con un beso. Un beso tan real que duró una vida y que aun así no fue lo suficiente.

Le presenté a mi hija y se gustaron mucho las dos. Tanto que Sofía se dejó cargar de ella y nunca se deja cargar de nadie. Los tres paseamos, jugamos e improvisamos un pequeño picnic con la comida que sobró del restaurante. Fue… lindo. Ciertamente.

 

Todo iba bien. Nos veíamos básicamente diario al menos un rato. Siempre teníamos tiempo para nosotros. Era amor, ambos lo sabíamos. Era perfecto. Hasta que Sofi exclamó “quiero a Marie” durante una cena con los padres de mi esposa. Eso no lo esperaba. Me dejó sin aliento. Y Beatriz comenzó a sospechar.

 

Una tarde un compañero del trabajo llamado Iván, me invitó a tomar un café cerca del edificio de nuestras oficinas. Sinceramente me sorprendió mucho que me invitara a algo así. Ya que nunca habíamos hablado a excepción de aquella vez que salimos a la fiesta de Johnny. Él estaba nervioso. Y para que yo lo diga, déjeme decirle que ya es bastante preocupante. “Ed, necesito que me jures algo.” Sólo empezó a hablar y de su frente se podía ver como una fila de gotas de sudor le recorría la cara. “Júrame que no le contarás nada a Beatriz sobre aquella noche.” Yo no entendía de qué iba ese tipo. Luego recordé que en algún evento de la empresa su esposa y Beatriz se conocieron, seguramente mantenían amistad. “No quiero ser parte de esa historia. Perdería a mi esposa y seguramente a mis hijos también, ya sabes cómo son las leyes.” Me quedé callado. ¿En qué momento me volví responsable de la fortuna de los demás?, ¿qué mierda me importaba su matrimonio? Lo escuché chillar sobre su capuchino por una hora. Tenía que guardar compostura y ser políticamente correcto. Sin embargo, tanta honestidad de su parte me hizo confesarle que yo estaba enamorado de Marie. No sé por qué carajos le dije eso. A lo que él me advirtió de manera escalofriante que dejara mi estúpida calentura o yo iba a tener serios problemas. El asunto se tornaba más hostil en cada momento. No era mi intención joderle la vida a alguien con ello, pero mi amor por ella era palpable. Y sabía que en algún momento iba a dejar de esconderlo. Me considero una persona honesta ¿sabe?

Le dije a Iván que se fuera por el escusado y me dejara en paz, que no tendría problemas porque no le iba a contar a Beatriz toda la historia de aquella noche, sólo lo importante: que me había enamorado de otra mujer y que nuestro matrimonio iba a terminar. Pero creo que el tipo no lo tomó muy bien. Su sudor ya estaba formando un charco en la mesa y un ojo se le escapaba de la cuenca.

Pero en eso pagué la cuenta y me largué.

¿Quién era él para decirme qué hacer? Su esposa no se enteraría de la estúpida fiesta de Johnny. Y aunque así fuera… ¿qué carajo me importa? Ya es un señor cincuentón que puede hacerse responsable de sus malditos problemas.

 

Días después, mi esposa tuvo un accidente en su auto mientras se dirigía a la casa.

Un anciano me llamó del celular que ella llevaba en el bolso, estaba tan herida que no podía hacerlo por sí misma. Al poco tiempo llegué en una ambulancia. Creo que en los siete años de casados nunca habíamos estado juntos por un periodo tan largo. Estuve con ella noche y día, antes y después de su operación. Se había fracturado un fémur y cuatro costillas. Varias heridas en la cara. Tuve que quedarme con ella en su recuperación. Ya sabe, darle de comer, ayudarla a ir al baño y aguantar varias noches en vela por el dolor que sentía.

De cualquier manera, ella era mi esposa. La madre de mi hija. Claro que sentía algo por ella, la amaba…

No sabía que el morado era su color favorito. El tipo de cosas que uno habla cuando se está en un hospital por más de diez días. La cama de visitas era un asco, no paraba de moverme de un lado a otro intentando fallidamente conciliar el sueño. Me imagino que la de ella no era mejor.

Marie me llamó al teléfono. Varias veces. No le contesté ninguna.

No quería hacer el problema más grande para Beatriz. Además estaba cansado, estar jugando esa doble vida me estaba empezando a irritar, uno debe definir un camino. Por el bienestar mental ¿sabe? Si iba a hablar con ella, debía tener cierta tranquilidad, poner todo en orden.

 

Una mañana llevé a Sofía a ver a su mamá al hospital, la iban a dar de alta esa misma tarde y no quería esperar con sus abuelos. Al entrar a la habitación, esa chiquilla se subió como bala a la cama donde la tenían y la abrazó con inocencia. A mi esposa le dio tanta emoción que inmediatamente le brotaron lágrimas de sus ojos y comenzó a mimarla. Yo estaba a punto de levantarla de su pecho, cuando mi esposa comenzó a susurrarle una canción de cuna. Con la que Sofi se dormía desde recién nacida. Fue algo… fue un momento… importante. Muy lindo.

 

Días después, me llamaron de un local de artesanías antiguas. Hacía tiempo había llevado una navaja en acero damasco a restaurar y ya la tenían lista. Era de mi padre. El viejo era un maldito gruñón pero vaya que lo extraño. Esa navaja de bolsillo era lo único que me quedaba de él.

Cuando la tuve en mi mano, pude recordar a mi padre perfectamente. Con su bigote poblado y sus cejas canas. Gritándole al niño Ed ferozmente por haberla tirado de su estante en su oficina. Supongo que repararla era lo menos que podía hacer.

Para mi sorpresa, entró Johnny al local. Al parecer quería comprar un reloj de péndulo bastante viejo. Se disculpó de la otra noche. Dijo que todo escaló demasiado rápido y que lamentaba arruinar la fiesta. Bastardo. Qué fácil para él decirlo así, él tenía la pistola. “No sé cómo nos permitimos llegar a mi casa con esa escoria de gente. Una cosa es que les tiremos dinero al suelo, que haya quien se las folle en esos cuartos húmedos… pero ¿que hayan estado en mi sala? Demonios qué asco. No puedo creer que el alcohol me haya hecho hacer tal estupidez. Ojalá nunca me encuentre a ninguna de esas zorras en la calle.” Para ese momento mi sangre ya ardía por todo mi cuerpo, estaba seguro que si no salía corriendo de ahí, ese imbécil iba a terminar en el hospital y yo en una celda. Y déjeme decirle que no me importaba mucho mandarlo al hospital. Ni me despedí. Algo me dijo mientras salía por la puerta del local, pero no me importó. Solamente podía pensar en Marie. Mi Marie.

 

La llamé. Estaba sumamente molesta. Dejé que se desquitara conmigo, me lo merecía. Me advirtió que si no la iba a ver ese mismo día, ella misma iría a mi casa y hablaría con Beatriz de lo nuestro. Definitivamente no iba a dejar que eso pasara. Así que nos citamos en el bar más cercano a su casa. Y ahí estaba, hermosa. Esperándome en la barra y frente a ella una copa de vino casi vacía.

Hablamos. Me dijo que si quería algo real con ella, debía decirle todo a Beatriz y dar por terminado el matrimonio. Y dejó claro que debía ser el día siguiente. Aunque era lógico, el sólo hecho de que lo dijera me puso nervioso. Pedí una copa de vino. Tuve que aceptar hacerlo. No sabía cómo pero tenía que resolver las cosas. Me preguntó por qué la había estado evitando, le expliqué lo del accidente y los cuidados. No le gustó mucho, pero comprendió. Pedimos otra ronda de copas y fue entonces cuando empezamos a hablar en serio.

Ella quería huir de la ciudad y vivir en algún pueblo donde no importara el día de pago, sino la cosecha. Le expliqué lo arriesgado que era salir de la ciudad, que las cosas no eran como antes y que tendríamos suerte si encontrábamos tierra fértil o algún pueblo sano afuera. Pero ella estaba decidida, estaba harta. Lo vi en sus ojos. Yo simplemente no podía asimilarlo, pero sabía que si quería quedarme con mi hija, no podía quedarme en la ciudad. Tendríamos que partir al día siguiente. Pero antes, en la mañana, yo sacaría del banco gran parte de mis ahorros en efectivo, no podría ser todo o habría sospecha. Lo metería en la cajuela de mi auto. Iría a casa y le dejaría un sobre a Beatriz, una carta contándole sobre mi relación con Marie y un contrato de divorcio firmado. Le escondería el sobre en la cocina, para que lo encontrara cuando ya fuera capaz de bajar las escaleras. Y entonces me llevaría a Sofi, tomaría algunos juguetes, sus pañales reusables y llenaría una bolsa con su ropita. Si Beatriz se despertaba y preguntaba, simplemente le diría que llevaría a la niña al dentista, hacía meses que me lo estaba reprochando.  Cruzaríamos la ciudad hasta la frontera, los guardias me pedirían mi identificación y como soy empleado de Corporaciones Wallace, no se molestarían en revisarme. Pediría un transporte especial a cierto punto de la carretera y en una hora específica para cambiar de auto. Empujaría mi descapotable por alguna barranca para que complique la investigación y emprenderíamos camino al norte. El plan era dejar todo atrás.

 

Pagué la cuenta y al levantarme del asiento de la barra, noté que me temblaban las piernas. Estaba tenso, me faltaba aire. Nos dirigimos a la salida y le abrí la puerta haciendo un gesto con la mano para que pasara primero. Me sonrió y salió. Ya afuera en la acera, me abrazó cálidamente y me besó. Igual que la primera vez. Lento, prolongado hasta el infinito. Dio un paso hacia atrás con su sonrisa pícara y dijo con voz suave “Mañana”. Se dio la vuelta y se fue.

 

¿Por qué… uno debe amar a sólo una persona a la vez? ¿Desde cuándo la ley manipula hasta lo más recóndito de nuestro ser? ¿Es que siempre debe existir el orden de las cosas? Controlar la vida como si fuera enlatada, etiquetada y vendida al mejor cliente. Tal vez es así para que no haya familias demasiado grandes o relaciones sexuales con menores, sería una locura, una enfermedad… ¿Será por eso? ¿En qué momento la salud se convierte en enfermedad? ¿Quién tiene el poder de decidir si alguien está enfermo? Tal vez la sociedad, tal vez el círculo más cercano a la persona, la persona misma, o la ciencia. Cualquier persona objetiva diría que la ciencia, sin embargo, cuando ésta va en contra de los intereses y principios de la persona, no hay forma de hacer algo. Cada persona es dueña de su propia vida, ¿o no? Hasta que afecta el dichoso bien común… el valor de las cosas es subjetivo, depende de cada persona. Pero aparentemente, hay una regla en el viento escrita con sangre: Una persona vale justamente eso, una persona. Por lo que en teoría, dos personas valen más. Es cuando uno empieza a pensar en frases como “El fin justifica los medios”. Y ahí está el maldito problema, detective. Porque ya que el valor de las cosas es subjetivo y personal, habrá ocasiones en que una persona pueda valer más que todo en el mundo. Y no respetará la regla. Y cuando la regla se quiebra, todo se torna de color rojo. Fuego… cadáveres. Todo el maldito mundo. Por eso hoy vivimos como ratas en esta ciudad. ¿Y para qué? ¿Cuánto tiempo durará? ¿Cuántas confesiones habrá? ¿Cómo puede uno asegurar el valor de las cosas a través del tiempo? ¿Cómo puede uno saber que toda la batalla, toda mancha, valió la pena? Presiento que no se puede. Tal vez nada importa. Tal vez todo importa…

 

Ella se alejó. En la esquina del bar, dio vuelta a la izquierda y caminó hacia la avenida.  Yo me sentía muy mal, agitado, me temblaba el cuerpo. Sabía que no era el frío, pues estaba bien arropado. Encendí un cigarro. Me dirigí hacia el estacionamiento tratando de no caer. Al llegar a mi auto, busqué mis llaves y al sacarlas del bolsillo de mi gabardina, se escuchó que algo cayó al suelo. Era mi navaja. Y cuando la tomé, me perdí por completo.

 

Caminando a paso rápido fui en su dirección. No me costó tanto encontrarle la pista, le gustaba irse siempre por el mismo camino. No había nadie en la calle, ya era muy tarde. Me apresuré a alcanzarla con cautela y cuando ya estaba justo atrás de ella, le enterré la navaja en la nuca con suma fuerza. Cayó de frente inmediatamente. Le quité la ropa, incluso la ropa interior. No sé si seguía viva, pero parecía que intentaba decir algo tras ese río de sangre que le salía por la boca. Desenterré la navaja que atravesaba su cuello y atestado de cólera, empecé a cortar sus genitales. Hubo un momento en el que ya no discernía entre sus órganos y la sangre se había extendido al suelo, formando un charco. Emitía un olor fuerte, similar al hierro. Cuando me levanté, di un par de pasos hacia atrás y empecé a temblar nuevamente. Me pude percatar de lo que había hecho. Y comencé a llorar. A esa hora de la noche, había sólo un faro encendido a unas cuantas calles. Y desde mi perspectiva, Marie parecía solamente sombras en el pavimento.